Hubo un tiempo en el que el EDM dominaba el verano europeo. Los grandes escenarios estaban diseñados para el espectáculo, las melodías épicas unían a decenas de miles de personas y nombres como Hardwell, Armin van Buuren, Afrojack o Don Diablo encabezaban los carteles más importantes del continente. Era la época en la que festivales como Tomorrowland, Ultra o EDC marcaban el pulso de una generación entera.
Sin embargo, el paso del tiempo ha transformado el mapa de la música electrónica. El auge del techno, el hard techno y los sonidos más ligados a la cultura club ha desplazado a un segundo plano a un género que durante años fue la puerta de entrada a la electrónica para millones de personas. En España, esa evolución ha sido todavía más evidente. Muchos festivales que nacieron bajo el paraguas del EDM modificaron progresivamente su identidad hasta abandonar casi por completo aquellos sonidos que llenaban escenarios hace apenas una década.
Y es precisamente ahí donde Holika ocupa un lugar único.
Porque mientras gran parte de la industria ha girado hacia otras tendencias, el festival riojano ha decidido seguir apostando por una fórmula que parecía destinada a desaparecer del circuito nacional. No desde la nostalgia ni desde la resistencia al cambio, sino entendiendo que todavía existe un público enorme que busca vivir la electrónica desde la emoción, el espectáculo y la celebración colectiva.

Pocos festivales de la península pueden presumir hoy de reunir en un mismo cartel a artistas como Hardwell, Armin van Buuren, Afrojack, Don Diablo, Timmy Trumpet, Alok o Marshmello. Nombres que definieron la edad dorada del EDM y que continúan llenando recintos en todo el mundo, pero cuya presencia conjunta resulta cada vez más excepcional en España.
Y, sin embargo, Holika ha conseguido convertirlo en una de sus señas de identidad.
Eso no significa vivir anclado en el pasado. El festival ha sabido evolucionar incorporando propuestas actuales como Korolova o Mathame y ampliando su oferta musical hacia otros territorios sin renunciar a aquello que lo diferencia. Porque en un mercado donde muchos eventos terminan pareciéndose entre sí, tener personalidad propia se ha convertido en uno de los mayores valores.

Para muchos asistentes, Holika representa la oportunidad de reencontrarse con los sonidos que despertaron su pasión por la música electrónica. Himnos que marcaron adolescencias, drops que definieron veranos enteros y artistas que llenaban sus auriculares mucho antes de pisar un festival por primera vez. Pero, al mismo tiempo, nuevas generaciones descubren allí una forma diferente de entender la electrónica: más luminosa, más melódica y profundamente conectada con la emoción compartida.
Porque el EDM siempre fue eso.
No era únicamente fuegos artificiales o grandes producciones visuales. Era la sensación de cantar una melodía junto a miles de personas. De abrazar a desconocidos durante un breakdown. De mirar al cielo cuando llegaba el clímax de una canción y sentir, aunque solo fuera durante unos minutos, que todo estaba exactamente donde debía estar.
En una escena cada vez más segmentada, Holika ha decidido mantener viva esa manera de vivir la música.
Mientras Calahorra se transforma durante cuatro días en una ciudad inspirada en la Roma imperial y miles de personas llenan sus escenarios, el festival demuestra que todavía hay espacio para el EDM dentro del panorama nacional. Que sigue existiendo un público dispuesto a emocionarse con esas canciones que convierten un recinto entero en un coro multitudinario.
Quizá por eso Holika sea hoy mucho más que un festival. Es el último gran refugio del EDM en la península. Un lugar donde la espectacularidad convive con la emoción y donde la electrónica más abierta y festiva sigue encontrando un hogar.









