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Crónicas Festivales

RIT/MO Festival: cuando la música deja de ser contenido para volver a ser experiencia

En una época en la que buena parte de la industria parece obsesionada con los números, RIT/MO volvió a recordarnos que todavía existen otras maneras de entender un festival. Más grande. Más rápido. Más espectacular. Más nombres en letra gigante. Más fuegos artificiales. La conversación parece girar constantemente alrededor de quién reúne más asistentes o quién consigue el cartel más impactante. Sin embargo, durante los días 29 y 30 de mayo, a los pies de Sierra Elvira, en Atarfe, ocurrió algo distinto: la música volvió a ocupar el centro de todo.

RIT/MO nunca ha tenido la necesidad de gritar para hacerse escuchar. Su propuesta parte de una idea aparentemente sencilla, aunque cada vez más escasa: construir una experiencia donde la programación funcione como un relato y no como una sucesión de impactos inmediatos. Aquí no existe una carrera por ver al siguiente headliner. No hay ansiedad por llegar a tiempo al «momento viral». Cada sesión parece diseñada para preparar la siguiente. Los warm ups importan. Las transiciones importan. El tiempo importa.

Y quizá ahí reside una de las mayores virtudes del festival. Mientras gran parte de la escena actual parece haber adoptado los códigos del consumo rápido, RIT/MO reivindica la escucha paciente. Durante todo el fin de semana, artistas como Glossy Mario, Fuentes-Guerra b2b Juanito Jones, Unreal Vibes o Deceit abrieron caminos sin prisas, permitiendo que el público aterrizara progresivamente en la experiencia. Más tarde, nombres como Daniel Kelsan, Lucient o Acidheaven fueron elevando la narrativa hasta desembocar en algunos de los momentos más celebrados de la edición.

Porque sí, también hubo actuaciones memorables. El encuentro entre Lena Willikens y Vladimir Ivkovic volvió a demostrar que la valentía musical sigue teniendo espacio en las pistas de baile. Lukas Wigflex sorprendió a quienes todavía no habían descubierto su universo sonoro. En MORDISCO, artistas como Kim Ann Foxman, John Talabot, DJ Masda, Sugar Free o Binh protagonizaron algunas de las sesiones más comentadas del fin de semana. Mientras tanto, en LATIDO, Sleep D desplegó su particular visión de la rave contemporánea antes de que Aurora Halal firmara uno de esos cierres que justifican por sí solos un viaje. Y quienes decidieron perderse entre los árboles para enlazar los sets de Melina Serser, Vlada y Konduku probablemente sigan pensando en ello semanas después.

Sin embargo, reducir RIT/MO únicamente a su música sería injusto. Porque uno de los grandes aciertos de esta edición fue entender que evolucionar no siempre significa crecer. A veces significa cuidar. Las modificaciones introducidas en el recinto no buscaban aumentar el aforo ni multiplicar la espectacularidad. Buscaban mejorar la experiencia. La nueva orientación de MORDISCO reforzó la relación entre pista y paisaje, convirtiendo el cortado de piedra de Sierra Elvira en parte activa de la escenografía. LATIDO ganó comodidad sin perder su esencia, protegido bajo la sombra de los árboles incluso durante las horas más calurosas del día.

También la iluminación parecía responder a esa misma filosofía. No trataba de imponerse sobre el entorno, sino de dialogar con él. Senderos, laderas, vegetación y formaciones rocosas adquirían una nueva dimensión cuando caía la noche. Lo mismo ocurrió con la intervención artística de Hodei Rodríguez. Sus máscaras repartidas por el recinto no eran simples elementos decorativos; funcionaban como una invitación al juego, a la curiosidad y a la interacción, integrándose con naturalidad en el recorrido del festival.

Pero quizá lo más llamativo de todo fue observar a la gente. En una época marcada por la necesidad de documentarlo todo, resultaba extrañamente reconfortante encontrarse con miles de personas simplemente bailando. Sin teléfonos levantados constantemente. Sin la urgencia de convertir cada instante en contenido. Con la atención puesta en lo verdaderamente importante: la música, el cuerpo y el presente compartido.

La cuidada logística —barras ágiles, baños accesibles, amplios espacios para moverse— terminó de reforzar una sensación cada vez más difícil de encontrar dentro del circuito contemporáneo: la de sentirse cómodo. La de no tener que pelear constantemente contra la propia experiencia del festival. La de poder entregarse al baile sin demasiadas interrupciones.

RIT/MO no pretende salvar la cultura de club ni presentarse como una alternativa moral al resto de festivales. Tampoco necesita hacerlo. Simplemente propone otra manera de estar. Una donde la escucha vuelve a ser importante, donde el entorno forma parte del relato y donde compartir una pista de baile durante horas sigue siendo suficiente.

Y quizá por eso quienes acuden a Atarfe regresan con la sensación de haber vivido algo difícil de explicar. No porque haya sido más grande o más espectacular que otros eventos. Sino porque, durante dos días, recordó algo que la música electrónica nunca debería olvidar: que antes de convertirse en industria, algoritmo o escaparate, fue encuentro. Fue comunidad. Fue tiempo compartido.

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