Stage Odyssey

Stage Odyssey es un medio de prensa digital especializado en música electrónica, con un enfoque en festivales, eventos, artistas y tendencias del circuito electrónico global.

Crónicas

Holika 2026: el festival que ha entendido que la música ya no es suficiente

Hay una pregunta que me hice varias veces durante los cuatro días que pasé en Holika: ¿en qué momento dejó de ser simplemente un festival para convertirse en algo mucho más grande?

La respuesta no llegó viendo a Hardwell, ni durante el espectáculo de Timmy Trumpet, ni siquiera cuando Armin van Buuren hizo cantar a decenas de miles de personas frente al escenario más grande que se ha construido nunca en un festival español. Llegó mucho antes. Llegó al cruzar la entrada.

Porque hay festivales donde todo gira alrededor del cartel. Llegas, ves a tus artistas favoritos y vuelves a casa. Holika ya no funciona así. Lo que ha construido en Calahorra va mucho más allá de una sucesión de conciertos. Ha conseguido crear un universo donde la música sigue siendo el corazón de la experiencia, pero donde absolutamente todo lo demás trabaja para hacerte olvidar que estás dentro de un festival.

Y eso, hoy en día, tiene muchísimo mérito.

La edición de 2026 llegaba con una enorme responsabilidad. Después de varios años creciendo de forma constante, Holika había prometido su producción más ambiciosa hasta la fecha. Más metros de pantallas LED. Más iluminación. Más tematización. Más espectáculo. Sobre el papel todo sonaba impresionante, pero cualquiera que lleve tiempo visitando festivales sabe que las cifras nunca cuentan toda la historia. Puedes construir el escenario más grande del mundo y seguir sin conseguir emocionar a nadie.

Lo sorprendente fue comprobar que en Holika las cifras terminaban pasando a un segundo plano.

Desde el mismo momento en el que entras al recinto empiezas a entender que alguien ha pensado absolutamente todo. No hablo únicamente del escenario principal o de las enormes construcciones inspiradas en la Antigua Roma. Hablo de detalles que muchas veces pasan desapercibidos y que, sin embargo, terminan definiendo la experiencia de un festival.

El trato recibido por parte del staff fue impecable durante los cuatro días. Da igual con quién hablaras. Seguridad, personal de barras, organización… siempre encontrabas predisposición, rapidez y una sensación constante de que todo estaba perfectamente coordinado. Es uno de esos aspectos que rara vez protagonizan una fotografía de Instagram, pero que determinan por completo cómo recuerdas un festival cuando vuelves a casa.

Lo mismo ocurría con el recinto. Barras rápidas incluso en los momentos de mayor afluencia. Baños sorprendentemente limpios durante toda la jornada. Espacios amplios donde moverse con comodidad. Sombras suficientes para soportar las horas más duras del día. Todo funcionaba con una naturalidad que solo se consigue cuando detrás existe un enorme trabajo de planificación.

Y entonces aparecía la producción.

Resulta difícil explicar con palabras el impacto que genera el Main Stage cuando lo tienes delante por primera vez. No es solo una cuestión de dimensiones, aunque hablar de más de ciento veinte metros de fachada, cientos de metros cuadrados de pantallas LED y un despliegue técnico de ese nivel ya impresiona por sí mismo. Lo verdaderamente llamativo es que el escenario consigue no parecer un escenario.

Forma parte de la historia.

Forma parte de ese universo que Holika ha decidido construir este año bajo el nombre de The Eternal Flame.

Durante mucho tiempo las tematizaciones de muchos festivales parecían limitarse a decorar el recinto. En Holika sucede algo completamente distinto. La Antigua Roma no era una excusa estética. Era el lenguaje del festival.

Gladiadores recorriendo las calles del recinto. Soldados romanos interactuando con el público. Carreras de cuadrigas. Desfiles. Actores. Fuego. Esculturas monumentales. Columnas. Arcos. Frisos. El impresionante Circus Maximus. Todo parecía responder a una misma idea.

Uno de los momentos que mejor representó esa filosofía llegó incluso antes de que el festival comenzara oficialmente. La actuación del Padre Guilherme frente a la Catedral de Calahorra fue probablemente una de las inauguraciones más originales que hemos visto en un festival español. El videomapping proyectado sobre la fachada del templo convirtió el patrimonio histórico de la ciudad en parte activa del espectáculo, demostrando que Holika entiende perfectamente cómo integrar música, tecnología y entorno sin que ninguna de las tres cosas eclipse a las demás.

Pero al final hablamos de un festival de música.

Y ahí también volvió a responder.

Vivimos un momento curioso dentro de la música electrónica. Buena parte de los grandes festivales europeos han desplazado el EDM hacia un segundo plano para abrazar casi por completo el techno y el hard techno. Holika, sin embargo, ha decidido recorrer el camino contrario. Ha entendido que existe toda una generación que sigue emocionándose con esos himnos que llenaron Tomorrowland hace diez años, con esos drops imposibles y con esos artistas que marcaron una época.

Y lejos de esconderlo, ha hecho de ello una de sus grandes fortalezas.

Ver desfilar por el escenario principal a nombres como Alok, Timmy Trumpet, Hardwell, Marshmello, Mathame, Armin van Buuren, Afrojack, Don Diablo o Giuseppe Ottaviani es casi un ejercicio de resistencia dentro del panorama actual. No porque sean artistas del pasado, sino porque representan una forma muy concreta de entender la música electrónica que hoy parece encontrar cada vez menos espacio en otros grandes festivales.

Hardwell volvió a demostrar por qué sigue siendo uno de los mejores showman del planeta. Timmy Trumpet convirtió el recinto en una auténtica explosión de energía. Armin van Buuren ofreció esa mezcla entre emoción y elegancia que lleva dos décadas convirtiéndolo en una referencia absoluta. Afrojack y Don Diablo firmaron un cierre cargado de himnos mientras Mathame aportaba ese punto más melódico y cinematográfico que tanto encajaba con la producción del festival.

Pero lo curioso es que, al terminar cada actuación, nunca tenía la sensación de que el artista hubiera sido el protagonista absoluto.

El protagonista seguía siendo Holika.

Eso habla muy bien del festival.

Porque los grandes eventos consiguen precisamente eso: que todo funcione como una única experiencia.

Sin embargo, sería injusto escribir esta crónica sin hablar del único aspecto que, desde mi punto de vista, impidió que la experiencia rozara la perfección.

Y no tiene que ver con la organización.

Ni con la producción.

Ni con la música.

Tiene que ver con el ambiente.

Durante las primeras horas del día el festival transmitía una energía preciosa. El público parecía entender perfectamente dónde estaba. Se respiraba respeto, compañerismo y esa sensación tan propia de la música electrónica donde desconocidos terminan compartiendo pista durante horas simplemente porque ambos han venido a bailar.

Era el tipo de ambiente que cualquier amante de esta cultura espera encontrar.

Pero conforme avanzaba la noche esa atmósfera empezó a cambiar.

La llegada de un perfil de público mucho más joven fue transformando poco a poco la energía del festival. No es una cuestión de edad. La música electrónica necesita nuevas generaciones para seguir creciendo. El problema aparece cuando parte de ese público llega completamente desconectado de los códigos que históricamente han acompañado a esta cultura.

Empujones.

Falta de respeto hacia quienes estaban disfrutando del concierto.

Personas más pendientes del móvil que de la música.

Actitudes que poco tenían que ver con ese espíritu de convivencia que durante décadas ha definido la pista de baile.

Y duele verlo precisamente en un festival que hace tantas cosas bien.

Porque Holika ha demostrado que sabe construir uno de los mejores festivales del país.

Ahora el siguiente desafío será proteger también aquello que ocurre delante del escenario.

Porque la cultura electrónica nunca ha sido únicamente sonido.

También ha sido respeto.

Libertad.

Comunidad.

Y esa parte resulta mucho más difícil de producir que un escenario de ciento veinte metros.

Aun así, sería tremendamente injusto dejar que esa reflexión eclipsara todo lo demás.

Porque lo vivido en Calahorra durante cuatro días fue extraordinario.

Holika ya no necesita demostrar que puede contratar grandes artistas.

Tampoco necesita demostrar que puede construir uno de los escenarios más impresionantes de Europa.

Ni siquiera necesita seguir aumentando el tamaño de su producción.

Ha alcanzado un punto mucho más importante.

Ha conseguido tener personalidad.

En una industria donde muchos festivales empiezan a parecerse demasiado entre sí, Holika ha encontrado un camino propio. Un lugar donde el EDM sigue siendo protagonista. Donde la tematización no es un decorado, sino una experiencia. Donde la producción sirve para contar una historia y no solo para impresionar.

Y eso explica por qué cada verano decenas de miles de personas vuelven a Calahorra.

Porque algunos festivales organizan conciertos.

Holika, durante cuatro días, consigue construir un mundo del que cuesta mucho marcharse.

DEJA UNA RESPUESTA

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *