24 horas de techno sin tregua: así fue la segunda edición de CODE Summer Festival en Fabrik
El 13 de julio de 2025 quedará marcado en el calendario de miles de clubbers como una de esas fechas que se recuerdan durante años. Bajo un sol abrasador, en plena ola de calor veraniega, miles de personas peregrinaron a Humanes de Madrid para vivir la segunda edición de CODE Summer Festival, el evento más ambicioso de la historia reciente de Fabrik. Tras el éxito rotundo del año anterior, la marca se enfrentaba al difícil reto de superarse a sí misma. Y lo hizo.
Desde la apertura de puertas a las 12:00 del mediodía, Fabrik demostró que había preparado el terreno para una maratón electrónica de dimensiones colosales. Más de 60 artistas repartidos en seis áreas —Main Room, Open Air, Area 19, Hangar, Crystal y Satélite—, una oferta musical sin tregua, zonas de descanso, una producción visual y sonora impecable, y una organización afinada al milímetro. Todo estaba dispuesto para una jornada de más de 24 horas ininterrumpidas de techno, hard techno, house, groove, schranz y sus múltiples vertientes, que culminaría con una matinal inolvidable en el Hangar, ya entrado el domingo.

El ambiente ya desde primera hora era eléctrico. A diferencia de muchos eventos que tardan en arrancar, CODE Summer Festival comienza fuerte desde el mediodía.
Uno de los grandes atractivos de la jornada temprana fue la ya tradicional paellada gratuita, servida sobre las 14:00 h, justo en el momento en el que el festival comenzaba a coger temperatura. Este gesto, que forma parte del imaginario de los asistentes, sirvió una vez más como excusa perfecta para agrupar a miles de personas en el patio exterior, reforzar energías y preparar los cuerpos para lo que estaba por venir. Este año, para mas inri, la paella fue un autentico show de la mano de Ramiro López aka Chef López y el rey de las paellas Miguelito «el de los arroces», ayudados por diferentes actores de la escena como Nuke o Ana (la de «sin pausa y con mucho ritmo» o «Preguntas rápidas con» ).
A las 16:00 de la tarde el sol caía con fuerza sobre Humanes y el ambiente empezaba a cargarse de energía en el Open Air. En esta zona, la jornada arrancó con una sesión muy especial a cargo de Nuke, uno de los pilares de CODE, que ofreció un set contundente con guiños a la vieja escuela, conectando perfectamente con el público más fiel de la marca. A continuación, The Advent & Sterac ofrecieron uno de los momentos más celebrados del día con su 90’s Classic Set, una actuación cargada de referencias al pasado que encendió la nostalgia colectiva con bombos crudos, líneas ácidas y estructuras rítmicas que recordaban por qué los noventa fueron tan importantes para el techno. La atmósfera fue absolutamente vibrante y puso el listón muy alto para lo que vendría después.

El siguiente bloque fue una verdadera demostración de clase y experiencia: Cristian Varela se adueñó de la cabina con una sesión técnica y contundente, repleta de loops hipnóticos y transiciones milimétricas, seguida por un directo de altura del italiano Sam Paganini, que aportó su característico groove elegante y oscuro, manteniendo la pista en ebullición con tracks como “Rave” o “The Beat”. Por último, aunque no cerró la zona como tal, Regal ofreció uno de los sets más impactantes del Open Air con su estilo directo, sin adornos y con un claro enfoque rave, combinando techno de alto voltaje con guiños acidos, en un momento de auténtico clímax colectivo.
El viaje continuó en la Main Room, un espacio que vibró con algunas de las sesiones más intensas y simbólicas de la noche. A las 00:00, el escenario recibió a una auténtica leyenda del techno de Detroit: Robert Hood. Fundador del mítico sello Underground Resistance junto a figuras como Jeff Mills o «Mad» Mike Banks, Hood lleva décadas marcando la pauta del minimal techno con alma, un sonido que él mismo ayudó a definir y que ha influenciado a generaciones enteras de productores y DJs. Su sesión en CODE fue una lección de elegancia y precisión. Con bajos rotundos, estructuras limpias y un groove hipnótico, construyó una narrativa sonora que iba más allá del baile: era historia viva del techno desplegándose frente a nosotros.
Tras él, a las01:30, tomó el relevo una de las figuras emergentes con mayor proyección del panorama europeo: Chlär. Esta joven promesa suiza, cada vez más presente en los mejores carteles del continente, ofreció un set que combinó con maestría técnica, frescura y energía. Su enfoque del techno groovy, dinámico y percusivo es ya una marca reconocible y se nota que está preparado para llevar el relevo generacional. Cada transición, cada capa sonora, estaba cuidadosamente medida, logrando una progresión brillante que mantenía al público en constante movimiento. Lo suyo fue una sesión sólida, atrevida y al mismo tiempo muy pulida, una muestra de que el presente del techno está en buenas manos.
La sala, completamente entregada, se encontraba ya en un punto de ebullición ideal para recibir al siguiente artista de la noche: Rødhåd, que completó este bloque de oro con una actuación profunda y atmosférica, desplegando su característico techno denso, emotivo y contundente. Pero para entonces, el relato ya había sido escrito por dos generaciones distintas: la de una leyenda de Detroit y la de un joven talento europeo que viene pisando muy fuerte.

La noche se adentró en su fase más intensa cuando nos dirigimos a la Sala Satélite, un espacio que, aunque más contenido en tamaño respecto a otras salas de Fabrik, se convirtió en un verdadero templo del sonido y de la técnica durante varias horas. Allí presenciamos dos de los sets más memorables y técnicamente sobresalientes de todo el festival.
Primero, el b2b entre Helena Hauff y Adiel, dos artistas con una visión muy personal del techno, que encontraron un lenguaje común en una sesión íntegramente a vinilo. En una época dominada por el formato digital, ver a dos DJs dominar con tanta soltura y seguridad la mezcla analógica es todo un privilegio. Los platos giraban con precisión quirúrgica mientras ellas desplegaban un arsenal sonoro que oscilaba entre el electro oscuro, el acid techno abrasivo y el techno industrial más cortante, sin perder nunca el hilo narrativo.
Pero si algo elevó esta sesión a otro nivel fue la impecable ecualización y calidad de sonido de la Sala Satélite. El sistema respondía con una claridad asombrosa, sin frecuencias que se solaparan, sin saturaciones ni excesos. Los bajos golpeaban con contundencia sin emborronar el resto del espectro; los agudos eran nítidos, brillantes, pero sin fatigar; y los medios llenaban la sala con una calidez envolvente. La coordinación entre las artistas y los técnicos fue tan precisa que parecía coreografiada. Cada corte, cada mezcla, cada subida o bajada de intensidad encontraba su sitio exacto, como si la sala hubiese sido diseñada específicamente para ese momento.
El nivel de exigencia había quedado altísimo, pero aún quedaba otra joya sonora: el set de Freddy K. El Alemán es conocido por su enfoque purista y pasional del techno, y su amor por el vinilo es casi religioso. Lo demostró una vez más en Fabrik, donde ofreció un set maratoniano, cargado de energía, precisión y actitud. Los discos se sucedían uno tras otro a una velocidad vertiginosa, mezclados con una fluidez que solo la experiencia —y un oído absolutamente entrenado— pueden permitir.
Con un ritmo incesante, Freddy K sumergio al público en un viaje de loops, texturas y percusiones hipnóticas que no daba tregua. Pero lo más impresionante fue cómo, pese a la intensidad, todo sonaba limpio, vibrante y perfectamente balanceado. Aquella noche, la Satélite no solo fue una sala más del festival: fue una clase magistral de técnica y sonido, una catedral techno en miniatura donde cada beat tenía peso, cada mezcla sentido y cada transición, propósito.
Con el cuerpo pidiendo tregua pero la mente aún enganchada al pulso del festival, nos dirigimos de nuevo al Hangar para vivir el cierre definitivo. Y no podía ser de otra forma: Oscar Mulero fue el encargado de abrir y cerrar la sala más industrial de Fabrik, regalándonos dos sets muy diferentes pero igual de magnéticos.
El primero, aún con luz natural colándose tímidamente por las puertas, fue una clase magistral de techno mental, progresivo y envolvente, un warm-up con alma que respetó cada compás como si estuviera escribiendo un prólogo necesario para todo lo que vendría después. Mulero, siempre sobrio, siempre preciso, tejió una atmósfera de tensión contenida, ideal para abrir paso a una noche cargada de BPMs.
Pero fue su cierre, ya con el sol de nuevo sobre el horizonte, el que nos dejó absolutamente hipnotizados. Lejos de buscar el golpe fácil o el dramatismo de lo predecible, el madrileño optó por un techno de corte oscuro, con mucho groove, con estructuras ricas y líneas percusivas que mantenían a la sala en una especie de trance colectivo. Cada transición era quirúrgica, cada drop milimétrico. Cerró como solo saben hacerlo los grandes: con la pista entregada hasta el último segundo y con la sensación de que el tiempo se había suspendido entre sus manos.
Y como no podía ser de otra manera, nos escapamos en la última media hora para asistir al auténtico cierre absoluto del festival, que se vivía en la Main Room de la mano de los verdaderos protagonistas de la noche: César Almena y Nuke. Los reyes de CODE, los grandes referentes del techno nacional, ofrecieron una sesión b2b final cargada de contundencia, pasión y carisma. Con la pista llena de fieles que resistieron hasta el último compás, el dúo hizo lo que mejor sabe: conectar con su gente y despedir el festival con esa energía que solo ellos son capaces de invocar.

Pero esto no había acabado ni mucho menos. Aún quedaba uno de los momentos más esperados por los fieles de CODE: el matinal. Tras más de 18 horas de música, uno podría pensar que el cansancio haría mella en el público… pero no. Todo lo contrario. La afluencia hacia el Hangar para vivir la última etapa del festival fue digna de admirar. Cientos de personas, todavía con la energía intacta o quizás impulsadas por la euforia del ritual techno, hacían cola para acceder a la sala y despedir esta segunda edición del festival como se merecía.
Con el sol ya bien alto y los últimos bombos resonando todavía en nuestros cuerpos, solo queda dar las gracias. Gracias a CODE, gracias a Fabrik, por volver a demostrar que en España sí sabemos hacer festivales de primer nivel. Por este despliegue de medios sin precedentes, por la valentía de programar 24 horas de techno ininterrumpido y por cuidar cada detalle de la experiencia, desde la calidad del sonido hasta la diversidad artística.
Lo vivido el pasado sábado fue mucho más que una fiesta: fue una declaración de intenciones, una reafirmación de que el techno tiene en Madrid su casa, su templo y su punto más álgido. Porque ahora, más que nunca, Madrid es capital europea del techno y Fabrik es su estandarte.








